31.7.09
Terror I
Cuando me vio abrió los ojos y se puso pálido. ¿Qué pasa?, le pregunté, parece que acabas de ver a un fantasma.
27.7.09
Comandante Molina
Eres un cerdo
le digo,
por gente como tú
hijuepú
le digo,
Mírate,
con tu panzota y tu cara de cínico impune
cobrando lo que "dice la ley",
te detesto y detesto verme reflejado en tus lentes
que esconden tus ojos rojos de borracho ojete.
y yo, callado
-no dije nada-
enfrente de ese pinche gordo "Comandante"
así, con mayúscula
y con su placa reluciente y diente de oro,
que ya sacó pal gasto..
Cola
Estoy haciendo algo,
agachado
y que se me para una mosca
en la parte baja de la espalda
Qué martirio
pinches moscas
Agito mi brazo y siento cómo levanta vuelo
Si tuviera cola, pienso
como vaca
como caballo.
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la ondita que me dio por escribir "poesía"
29.6.09
Las malas influencias
Alejate de las malas influencias, me decía el pinche argentino ese cada vez que me veía dando el rol por ahí por donde él andaba. ¿Tú qué, gordito, muy de a pedo o qué chingaos? Y se quedaba callado, viéndome con esos ojotes azules que tenía. Parecía un querubín, de esos de iglesia barroca, con sus cachetotes y su pelo rizado y güero. Decía que había llegado hace un chingo escapando del peronismo y que la Plaza de Mayo y el barrio de la Chacarita y que la represión porque él era muy acá. Ni madres, eso que se lo crea su pinche madre, lo dejó su vieja, la Rosario, no tuvo chamba y se le hizo fácil venir para acá.
Vendía mota -y coca y anfetas y todo eso,- cerca del Parque Hundido, en un depa que le rentaba a una ruca bien cagada por poca "plata", como decía, y que había rentado porque al parecer la ruca no se daba cuenta ni del olor ni del negocio, cosa que le convenía ampliamente. Por suerte no le había pedido papeles ni contrato, porque apenas y tenía pasaporte y unas cuantas fotos de la Rosario, que guardaba en una cartera todas sudadas en las nalgas.
Me acuerdo de la primera vez que lo vi. El Andreco me llevó con él, diciendo que ora sí había encontrado de la chida de Michoacán y además rete bara. Llegamos tarde, como a las tres de la mañana, entre chiflidos de putas y un viento ojete. El depa era un desmadre, lleno de cajas con libros marxistas y muñecos de acción, con platos sucios por todos lados y restos de Glorias de Coronado pegados a las alfombras -decía que las Glorias le recordaban a los alfajores. Había un gato poca madre, todo gordo, peludo y lleno de rastas, que si le buscabas bien encontrabas cocos y con suerte hasta una bacha. El gordo Gabrielito estaba sentado en un sillón, con una sábana en los muslos, limpiando la mota como sólo él sabía. Ahí todavía traía esa barba que le quitaba su cara de querubín y que luego perdió en una apuesta con el Andreco por un partido Argentina-Brasil en el que Messi parecía un pedo y Kaká se lució.
Esa vez llegamos y Andreco me lo presentó. Un gusto, me dijo, Gabriel, y supe en seguida que era porteño. ¿Querés fumar un poco? Bueno, le dije, aunque traía el coche. La probé y la neta es que sí estaba bien buena, olía fino, como a amanecer en el Ajusco. Después nos quedamos platicando un rato y fue cuando nos contó que la Rosario lo había dejado por un jugador de Boca de esos que luego se van a un equipo de segunda de España y que nunca llegan a la selección. No quise preguntarle su edad, porque o era un ruco que se veía muy joven o un joven puteadísimo. No era nada tonto, eso que ni qué, el pedo es que era un güevón de puta madre y además inventaba historias que, aunque ficticias, eran muy cagadas.
Poco a poco íbamos más a su casa y nos fuimos haciendo muy cuates. Las tardes las pasábamos entre toques y chelas -yo,- y él su mate, que no quería cruzar. Nos la pasábamos a toda madre, hablando de "fúbol" y de cine, de Borges y Fuentes, de la Kirchner y de Obama y de todo de lo que pudiéramos hablar. Luego se fue el Andreco a hacer una maestría a España y nos quedamos sólo el Gabrielito y yo, acariciando al gato o fumando alguna novedad de algún estado de la República.
En algún momento me contó que su ex le había hablado desde Tenerife, que tenía problemas con el "Pincho" Gonzalez -justo había descendido el Tenerife,- y que no había sabido a quién buscar. Había hablado con su hermana en Buenos Aires y ésta le había dado su teléfono de acá. Me acuerdo que me lo contó casi con lágrimas en los ojos, mientras sacaba de su pantalón la foto de la Rosario, que me había enseñado tantas veces que ya la conocía de memoria. Estaba pedísimo y no quiso fumar. Tenía tanto sin saber de ella, Juanito. En ese momento me di cuenta que Gabriel estaba totalmente solo.
Tenía cuates, sí, pero amigos amigos creo que sólo yo. Todo mundo llegaba a su casa, fumaba, compraba y se iba. Yo, y Andreco en su momento, era el único que me quedaba ahí, escuchando sus historias de cuando era un chavo y Kempes hacía de las suyas, de sus viajes a los Andes y a los glaciares de Tierra de Fuego, de sus tardes en Palermo en donde conoció a la Rosario. Alguna vez, ya que me iba mejor en la chamba, quise invitarlo a comer y presentarle a la chava con la que andaba, pero no quiso y se quedó en su casa, seguramente fumando o echando el mate.
Luego de eso desapareció por un tiempo. Me acuerdo de haber llegado a su depa y de haber estado toque y toque sin respuesta. Pensé que se habría quedado dormido el muy pacheco, y que por eso no me pelaba. Pero nel, luego de un rato supuse lo que había pasado. Habría contestado el teléfono bien noche para escuchar a la Rosario que le decía vámonos a Buenos Aires, te veo ahí, donde siempre, y nos comemos un asado de tira o un buen bife. Habría empacado algunas cosas, las más importantes, y habría comprado un boleto a Buenos Aires de inmediato.
Así pasaron unos meses, el Andreco regresó de España con una morra española que lo había cambiado un chingo, ya no fumaba y apenas se echó una chela. Nos vimos un par de veces más, pero nomás no rifaba el asunto. Ni me preguntó por Gabriel. Yo ya había conseguido otro diler, un vato bien ñero que vivía por la Portales, al que nomás le echaba un fon, pasaba por la mota y me iba. Pero la neta ya no me daban ganas de fumar, como que ya había crecido, ya tenía una chamba más o menos estable y las cosas sí iban en serio con mi chava.
El Querubín se me fue olvidando y fue pasando a un rincón de la memoria que abría pocas veces hasta que un día, yendo a comer con mi jefa, me dijo que el día anterior me había hablado un tal Gabriel, que me buscaba con urgencia y decía que si le podía llamar, que le dejaba el número a mi madre. Tardé un rato en pensar en Gabrielito, como que no pensé que fuera a ser él, pero luego me acordé que me había salido de casa de mi jefa como dos meses después de que se había ido y que obviamente no tendría mi nuevo teléfono. Le hablé en la noche, llegando a mi depa. Fue cagado porque hasta ese momento me cayó el veinte de que estaba como a dos cuadras del otro depa, el de la ruca.
Me contestó una voz claramente aguardientosa, como echada a perder. Juanito, qué gusto, ché, sabía que me hablarías. Pues cómo no, pinche gordito, ¿en qué te metiste, cabrón? Pasé unos días en casa, ché, tenía que arreglar unas cosas allá. Pero ni un pinche telefonazo, güey, me tuviste bien preocupado. Ya no podía más, loco, quería largarme de inmediato, perdoname, no sabés lo que me costó. Bueno, ya, ni pedo. ¿En dónde andas, güey, cuándo llegaste? Ahora estoy acá en la Calzada de Tlalpan, en un motelito mierda de esos de putas. Llevo unos días acá, llegué el martes. Estoy pensando en hablarle a la vieja esa a ver si está bueno el depa todavía, eh, que estaría bueno poder regresar allá. ¿Y vos, qué te has hecho?
Quedamos en vernos al día siguiente y le ofrecí quedarse unos días en un cuartito que tenía libre en lo que buscaba un lugar. Me dijo que quería dejar la mota y ponerse a hacer algo, no sé, loco, escribir una novela, qué se yo. Es triste, sabés, eso de estar todo el día metido en casa sin nada qué hacer. Se consumen las tardes y yo sigo en lo mismo. Ahora que te veo, no puedo evitar pensar que eras un nene cuando te conocí. Ya creciste, Juanito, y estás bien vestido, y sabés de qué trata la vida. En cambio yo estoy hecho bosta.
Resulta que la ruca ya se había muerto y que el depa lo rentaba ahora la hija, que no tardó ni un mes en correr al pobre Gabriel, que terminó en un pinche departamentito de paredes despintadas en la Latinoamericana. Seguía siendo el mismo desmadre de siempre y, contrario a lo que me dijo, en seguida consiguío proveedor y clientes y se puso a vender ahí mismo.
Yo lo visitaba cada vez menos y cuando iba ya no se me antojaba fumar. Gabriel ya hablaba lento y sus conversaciones dejaron de ser lúcidas. La última vez que lo vi fue un sábado que llegué como a las seis de la tarde. Llevaba ya rato sin verlo y, cuando me abrió me sorprendió que se había dejado la barba otra vez y que parecía rabino judío, nomás que con los ojos todos rojos. Estaba flaquísimo y en el suelo había un chingo de envolturas de Glorias. En la sala había unos vatos con una pinta jodida y una mala vibra espantosa. Ni siquiera estaban fumando mota, se la pasaban inhalando algo que creo que ni a coca llegaba. Cuando me vieron entrar se pararon y se fueron inmediatamente, despidiéndose de Gabriel. A mi ni me voltearon a ver.
Ese día, Gabriel me contó que estaba en pedos con los otros dilers de la unidad, que no les latía que un "pinche güero" les estuviera robando a la clientela. Yo le dije que se anduviera con cuidado, que se saliera de ahí lo más pronto posible. Ahora creo que ya era muy tarde.
Como cuando se fue a Buenos Aires, pasé mucho rato sin verlo y, cuando ya se me estaba olvidando el pobre gordito, vi en una notita en el periódico la noticia de un asesinato a las afueras de Metro Copilco. Se hablaba de un crimen "relacionado al narcomenudeo". La víctima, que se creía vivía en la Latinoamericana, todavía no había sido identificada, pero la descripción no me dejaba la menor duda: barbón, gordito y, como dato curioso, con los bolsillos llenos de Glorias.
23.6.09
Cucrrrrón
Otra vez
corriendo detrás del gato
intentando agarrarle la cola
al ratón.
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la ondita que me dio por escribir "poesía"
22.6.09
Tercer Mundo
Pues tal vez estamos
cansadísimos de existir
llevando la vida día a día,
contando nuestros votos con las manos,
y todo para que lleguen estos
que se creen mucho
con sus ideas de
democracia
y libertad.
Como si no lucháramos
cada que se puede.
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la ondita que me dio por escribir "poesía"
21.6.09
Así como vienen se van
Nació jodida, que ni qué. Desde bien morrita se quedó huérfana, creo como a los tres años. De ahí se fue a vivir con una tía suya que dicen vivía allá por Toronto, en un pueblito frío como la chingada. En la escuela todos la jodían y era de las putonas, de esas que con todos andan y a todos dejan. Además ya andaba en líos de drogas y la chingada. Depresión, dicen. Por eso se llevaba re mal con su tía y sus primos, que sólo la dejaban ahí por amor a Dios.
Cuando cumplió los dieciocho y salió de la prepa se fue de ahí. Estaba sola, la pobre morra, y se fue para allá donde nacieron sus papás, a un paisito de por donde fue esa guerra. Kosovo, ¿no? Ándale, por ahí, dizque a dar clases de inglés y de danza. Y ahí estuvo un ratote, como queriendo buscarse a si misma. Luego se aburrió y se fue para otro lado, y así anduvo, de lugar en lugar, sin nunca poder sentar cabeza. Eso sí, todos sus líos los había dejado atrás; ya ni chupaba.
Ya grandecita llegó acá. Dicen que esta pinche ciudad no le gustaba ni tantito, pero que era bien cumplidora y quiso acabar su contrato de maestra. Ahí dando clases lo conoció. Ese vato era cagado, un chaparrito de padres campechanos que la había hecho chingón por acá. Acababa de divorciarse de una pinche vieja que se la pasaba poniéndole el cuerno con quien la invitara a cenar. Se volvieron muy cuates porque él le contaba todo: lo de los hijos, los abogados, la pensión. Y luego que se enamoran y se quieren casar y se van allá a la tierra de él a casarse.
Total que la morra muy contenta, por fin había conocido a alguien con quien podía estar bien. No quisieron tener hijos, se la pasaban rolando por todo el país con unas motitos muy acá que se compraron, vivían como novios. Pero un día ojete este cabrón -joven, eh, no creas, de unos cuarenta; pues resulta que un día se empezó a sentir bien pinche mal. Una fiebrezota. Fue con un médico pendejón que le dio unas pastillas que lo mandaron a la chingada y a los tres días estaba inconsciente en el hospital, que si no le metían un hígado rápido nomás no la iba a hacer.
Pobre chava, cabrón, no sabía ni qué hacer. Además nunca aprendió bien español. Llegó la familia de este vato, todos de fuera, y esta morra ni los dejó pasar. Estaba que se la llevaba la chingada. A todos les mentaba la madre sin reparo, desde la suegra hasta la abuela y los primitos. Dicen que a la ex mujer casi se la agarra a manotazos.
El vato se murió como a los tres días porque no hubo hígado disponible. Al funeral no pudo ir nadie y no se sabe si lo mandó enterrar o se quedó con las cenizas. Lo último que supimos de ella fue por una llamada de una tal Vivian, que decía que era su tía. Dijo que la andaban busque y busque, que había regresado después de un chingo de años de no ir para allá y que nomás había llegado para encerrarse en un cuartito que le dieron. Al parecer luego se fue así como llegó, sin decirle a nadie, para cualquier parte. Luego ya no supimos ni qué pedo.
Overheard 10 - Merced
Con motivo de la decena de publicaciones de tan prolífica sección, presento una obra maestra de este refinado arte:
En una tienda de abarrotes de la Merced, a eso de las 10 de la mañana, a y b toman cerveza, ya medio entrados. Ocurre la siguiente conversación:
a. ¿Y qué, qué vas a hacer mañana, en tu día libre?
b. Pos me voy a llevar mi camarita ahí a Reforma.
a. ¿Y ora, tú?
b. Pos voy a filmar a los jotitos.
a. Ah, que es lo del desfile, ¿verdá?
b. Simón, hasta me voy a ir vestido de angelito.
a. T'nah, cómo que di angelito; ¡si tú ni a pingo llegas!
Pieza para pájaros
Como en feria
donde las luces pasan a tu lado
rápido
y hay música
y ruido y color.
Como en un coche
de noche
donde te encierras y se te olvida el mundo.
Como si pudieras montar en una nube
y volar allá bien alto
como un pájaro de esos que ven para abajo.
Así luego me pasa
querida calabaza
cuando estoy contigo.
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20.6.09
Mañana
Mañana con una taza de café
y un cigarro
y unas galletas Marías
y un telefono que no deja de sonar.
La flor del jardín que huele a viento
de la noche anterior
y mi aliento
que huele a muerto.
Mañana con un gato en mi regazo
con un pie en la regadera
con una leve sensación de ligereza,
porque me queda el día por delante
y porque sólo tengo que abrir la puerta
y salir caminando
a donde me lleven
los pies.
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Verano
Verano y lluvia
incesante
por la ventana.
Verano y noches cortas
y sueños largos
y nada qué hacer.
Verano y paseos por la Alameda
verde, oliendo a húmeda
hoja verde que no caerá en mucho tiempo.
Verano y los mayates,
los pinches mayates como tanques ciegos
que vuelan y se estrellan contra todo.
Ruidazo.
Ha llegado el verano
montado en las alas de una nube
que aterrizó sin contratiempos.
Ha llegado el verano a una ciudad que lo pide a gritos.
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Paraje
Encontrarás el espacio grande
me dijo
cuando me dejó
cuidando a los niños,
solo.
Ahora sé por qué.
Un paraje yermo
donde no hay ritmo
ni voz
se extiende frente a mi
eterno, inmenso como el mar inmenso
de sueño y de miedo.
Y los niños lloran en un rincón
tan lejano que no llego
ni corriendo.
El llanto me atormenta.
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9.6.09
Ni preguntes, inocente
Mi madre es como un tráiler en una carretera de curvas:
pregunto algo y,
como buena "persona contemporánea", me contesta
lo obvio.
Coherencia, ¿qué carajos es eso?
Obviamente no es nada fácil eso de las tarifas de aviones.
Obviamente no es tan sencillo como
"es que se liberan las reservaciones".
Puta, qué sé yo.
Puede ser el precio del combustible
el recorte de personal
el avionazo
el que se vio vivo.
Pero claro, chavo,
no te acuerdas que estás creciendo,
que esas preguntas de ¿oye mamá, y por qué..?
En serio, ¿por qué?
Hay cosas que no tienen sentido, ¿no?
Y que claro,
si vives metido en esa burbuja que se llama "realidad"
no puedes cuestionar.
Y no sé qué es más triste:
saber que esa burbuja es como un títere y dejarlo ser
o de plano pensar que es un paradigma intransigente
o ya peor ni pensar.
Más gacho:
aquí no caben mentes románticas,
no hay lugar para cuestionar las cosas
siempre no
no
no.
Adáptate,
vota,
paga,
haz,
tramita,
y lo que no se te puede olvidar:
busca la mejor tarifa.
Y nomás no llegó
No funcionó ni el té ni la respiración ni el cigarro ni correr ni quitarme la ropa ni tirar las sábanas ni matar al Mosco Fénix ni meterme a internet ni ponerme a leer ni ponerme a estudiar. No tengo pastillas para dormir no tengo papel para por lo menos dibujar no tengo uñas para morder no tengo mota para fumar no tengo ganas de escuchar música no tengo ganas de ver una peli ni de leer un libro. Quiero dormir. Además, necesito dormir. Mañana tengo dos exámenes bien acá y no puedo dormir.
8.6.09
Sin rumbo
Martín Carrera,
¿cómo no acordarme de ese nombre?
Martín Carrera,
vecino de la casa de la Virgen
Virgen de Guadalupe,
Virgen Santa que no desampara.
Su vecino, Martín, no es tan bueno.
Cien metros de ferrocarrril eje uno oriente
eje cuatro eje cinco -norte
y fila tras fila de luces verdes y rojas parpadeando
al ritmo de un corazón
que no supo prevenir,
que no llevaba mapa.
Martín Carrera y Gustavo A. Madero me reciben
como a un niño sin padres
a la luz de unos cuantos postes de luz
que miran hacia abajo como juzgándome.
El frenético sentido contrario y las luces de una patrulla,
un carrilito al lado de una avenida tan ancha que da miedo,
topes y más topes y yo, sin rumbo, con un espanto terrible,
estoy perdido en la ciudad.
(Vuelta
a la derecha
un alto más
un puente
que cruza
y que va para otro lado
¿qué lado?
no sé,
la ciudad es grande,
podría ir a cualquier lado.)
-Perdón, soy sureño-, le digo a un policía
que me ve como si estuviera maquillado.
Vuelta en u, me dice, con los ojos escondidos
detrás de las luces de mi coche,
y de ahí todo derecho.
Pasé por al lado del Ángel.
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27.5.09
Praga, mi novia
Lily me espera a las 11 en el puente del rey Carlos,
al pie de San Juan Nepomuceno, santo de piedra,
santo de agua, mudo, ahogado.
Lily cree en Dios y yo corro hacia ella
y hacia el río y después
los dos iremos hacia las colinas,
hacia el Castillo, hacia la Catedral,
y caminaremos la Callejuela de los Alquimistas
donde Lily descubre oro en las puertas y en las flores
y uno es un gigante que no cabe en las pequeñas casas.
Veremos grandes patios, hermosos panoramas,
y ella me obsequiará el prometido retrato de Neruda
—del viejo checo Jan, no del chileno Pablo—
y yo habré de contarle cómo es el mar
y si algún día regresaré.
Lily me dirá que cuente con ella
y que Praga es mi novia
y que ya no sueñe con las noches danubias
ni con «la negra Viena de los ojos azules»,
porque aquí, a nuestros pies,
un río de bronce y plata nos mira
y es un río que se llama Voltava.
Corro porque Lily me espera
y es posible que ya no crea en Dios
—lo que sería sencillamente horrible para ella.
Sus ojos que tanto han llorado deben mirar
hacia la dulzura del santo que no dijo nada
como ella tampoco parece decir nada cuando la beso
y en su español murmura «No me beséis»
y yo tengo que reírme y casi me muero de risa.
Al día siguiente
—porque ya Carlos Augusto León se ha ido a Zurich
a volar hacia América con su medalla de oro
en el pecho y sus cuentos de llaneros venezolanos—,
al día siguiente bailaremos valses
y al otro día Lily (sólo me queda ella)
esperará el filo de oro de la tarde
para llevarme hasta la puerta del Cementerio Judío
y dejarme de la mano de Dios
para que yo solo con mi alma pise aquellas flores de pavor
y me quiebre los ojos sobre las lápidas labradas
llenas de siglos
y a media voz recuerdo el poema de Nezval.
Porque ahí sólo pisamos la ceniza
y Lily, que cree en Dios,
no quiere entristecer su adoración
por el pequeño Niño Jesús de Praga
que se quedó en su nicho, allá en lo alto de la Malá Strana
con sus quince vestiditos de oro y plata de todos los colores.
Y entonces, como no hay nada ni nadie a la vista,
sueño que los viejos huesos crecen en los dorados árboles
y que una flor tiene la lengua de fuera
porque Lily debe estar loca
y los rabinos están hechos polvo
y en la sinagoga el candelabro mueve los brazos
y el gran Libro abierto me habla
y la palabra «nazis» me da náuseas
y debo entonces pedir la paz en todos los ríos
y para todos los poetas, hombres, niños, mujeres,
y no solamente para la turbia paz del Cementerio
ni la paz para la ceniza que se come
ni para las astillas de huesos que recogí en Oswiecim
ni mucho menos la paz del ghetto de Varsovia.
Por eso, Lily, que cree en Dios y es hermosa y católica,
me dice que si estoy en Praga es porque soy malo
y debo ser un sanguinario comunista
pero que todo me lo perdona
(es tan buena) porque le corrijo su español
y le cuento de mis amigos de México y de las estrellas de cine
y que hay un pueblo lleno de canales y guitarras
y dos terribles volcanes muertos cubiertos de nieve
y para su consuelo una gran cantidad
de iglesias y mucho sacerdotes.
Por eso corro y dejo atrás la fina lluvia
y ya no quiero tampoco recordar la fría tierra de Lídice,
porque me encanta la vieja ciudad y aunque me canse
(cuando regrese a México haré que me operen)
no puedo dejar a Lily con sus panes
y sus frutas, tampoco con sus ojos
que parecen ojos de santa flagelada
ni con su amarga risa de niña.
No me pierdo por Praga, porque ¿cómo perderme
en brazos de una novia amorosa?
Lily me dijo apenas ayer que me entregaba
el corazón de la ciudad
y yo me bebo el aire del río
y va no le pido más porque nada me niega
y porque debo llegar a una hora fija, a las 11,
al pie de San Juan Nepomuceno,
santo de piedra,
santo de agua,
mudo,
ahogado.
al pie de San Juan Nepomuceno, santo de piedra,
santo de agua, mudo, ahogado.
Lily cree en Dios y yo corro hacia ella
y hacia el río y después
los dos iremos hacia las colinas,
hacia el Castillo, hacia la Catedral,
y caminaremos la Callejuela de los Alquimistas
donde Lily descubre oro en las puertas y en las flores
y uno es un gigante que no cabe en las pequeñas casas.
Veremos grandes patios, hermosos panoramas,
y ella me obsequiará el prometido retrato de Neruda
—del viejo checo Jan, no del chileno Pablo—
y yo habré de contarle cómo es el mar
y si algún día regresaré.
Lily me dirá que cuente con ella
y que Praga es mi novia
y que ya no sueñe con las noches danubias
ni con «la negra Viena de los ojos azules»,
porque aquí, a nuestros pies,
un río de bronce y plata nos mira
y es un río que se llama Voltava.
Corro porque Lily me espera
y es posible que ya no crea en Dios
—lo que sería sencillamente horrible para ella.
Sus ojos que tanto han llorado deben mirar
hacia la dulzura del santo que no dijo nada
como ella tampoco parece decir nada cuando la beso
y en su español murmura «No me beséis»
y yo tengo que reírme y casi me muero de risa.
Al día siguiente
—porque ya Carlos Augusto León se ha ido a Zurich
a volar hacia América con su medalla de oro
en el pecho y sus cuentos de llaneros venezolanos—,
al día siguiente bailaremos valses
y al otro día Lily (sólo me queda ella)
esperará el filo de oro de la tarde
para llevarme hasta la puerta del Cementerio Judío
y dejarme de la mano de Dios
para que yo solo con mi alma pise aquellas flores de pavor
y me quiebre los ojos sobre las lápidas labradas
llenas de siglos
y a media voz recuerdo el poema de Nezval.
Porque ahí sólo pisamos la ceniza
y Lily, que cree en Dios,
no quiere entristecer su adoración
por el pequeño Niño Jesús de Praga
que se quedó en su nicho, allá en lo alto de la Malá Strana
con sus quince vestiditos de oro y plata de todos los colores.
Y entonces, como no hay nada ni nadie a la vista,
sueño que los viejos huesos crecen en los dorados árboles
y que una flor tiene la lengua de fuera
porque Lily debe estar loca
y los rabinos están hechos polvo
y en la sinagoga el candelabro mueve los brazos
y el gran Libro abierto me habla
y la palabra «nazis» me da náuseas
y debo entonces pedir la paz en todos los ríos
y para todos los poetas, hombres, niños, mujeres,
y no solamente para la turbia paz del Cementerio
ni la paz para la ceniza que se come
ni para las astillas de huesos que recogí en Oswiecim
ni mucho menos la paz del ghetto de Varsovia.
Por eso, Lily, que cree en Dios y es hermosa y católica,
me dice que si estoy en Praga es porque soy malo
y debo ser un sanguinario comunista
pero que todo me lo perdona
(es tan buena) porque le corrijo su español
y le cuento de mis amigos de México y de las estrellas de cine
y que hay un pueblo lleno de canales y guitarras
y dos terribles volcanes muertos cubiertos de nieve
y para su consuelo una gran cantidad
de iglesias y mucho sacerdotes.
Por eso corro y dejo atrás la fina lluvia
y ya no quiero tampoco recordar la fría tierra de Lídice,
porque me encanta la vieja ciudad y aunque me canse
(cuando regrese a México haré que me operen)
no puedo dejar a Lily con sus panes
y sus frutas, tampoco con sus ojos
que parecen ojos de santa flagelada
ni con su amarga risa de niña.
No me pierdo por Praga, porque ¿cómo perderme
en brazos de una novia amorosa?
Lily me dijo apenas ayer que me entregaba
el corazón de la ciudad
y yo me bebo el aire del río
y va no le pido más porque nada me niega
y porque debo llegar a una hora fija, a las 11,
al pie de San Juan Nepomuceno,
santo de piedra,
santo de agua,
mudo,
ahogado.
Efraín Huerta
A don Carlitos
Si te vas te seguiré queriendo, gladiador. Por ti, siento a la Argentina más cerca y al rojo más latente.
(Ora sí que ahí Tevez..)
(Ora sí que ahí Tevez..)
La que duele..
Bajé todos los cascos en una sola charola. Bajé todos los cascos y todas las colillas en una sola charola. Es más, hasta me di el lujo de bajar, en esa charola, toda la basura.
Si hubiera sido distinto, me cae que me salgo a la calle, me doy dos vueltas -corriendo,- y regreso a abrir otra, a fumar más y a quedarme dormido con una gran sonrisa en la boca. No, ni charola, ni colillas ni cascos. Que se joda alguien más: yo soy campeón.
Pero no fue así: perdí. Perdí un cartón completo, perdí una apuesta que ni siquiera pago en moneda mexicana. Perdí por primera vez y perdí ante un grande. Perdí ante un equipo que borró de la cancha toda mi esperanza. Perdí ante un dignísimo campeón.
Felicidades, Barcelona.
Si hubiera sido distinto, me cae que me salgo a la calle, me doy dos vueltas -corriendo,- y regreso a abrir otra, a fumar más y a quedarme dormido con una gran sonrisa en la boca. No, ni charola, ni colillas ni cascos. Que se joda alguien más: yo soy campeón.
Pero no fue así: perdí. Perdí un cartón completo, perdí una apuesta que ni siquiera pago en moneda mexicana. Perdí por primera vez y perdí ante un grande. Perdí ante un equipo que borró de la cancha toda mi esperanza. Perdí ante un dignísimo campeón.
Felicidades, Barcelona.
25.5.09
Omaggio a la Nuit
Algo tiene la noche, qué sé yo, algo de místico; algo de musiquita contemporánea de autor -no sé, checo, tal vez,- con violines quesque desafinados y rete agudos. Algo tiene la sábana que se nos echa encima, algo como de cuerda que nomás jalas y se apaga todo. Algo tiene esta madre que atrae a los gatos -y a los fritos,- y los vuelve locos, algo de espiral eléctrica, hipnótica ora sí que de sol a sol. Algo tiene que fascina ese saberse despierto en un mundo de dormidos, algo tiene esa sensación de unidad en el universo, esa imagen casi cartográfica, casi hecha a base de puntos, algo tiene de especial. Y luego el silencio, también influye, y ese tono naranjoso oxidado de los postes con sus halos puntuales en donde la sombra se marea como niño en feria.
Chale, neta algo tiene esa pinche noche y su olor a lluvia y a pasto mojado. ¿Será que subraya la soledad? ¿Será que uno se siente medio dueño de todo, así tan poco observado como se está? ¿O será nomás que me encanta la noche y que la disfruto más cuando estoy solo, manejando por una calle desierta, escuchando el radio sin locutores, o no, nomás sentado enfrente de la computadora, escribiendo de cómo me gusta escribir de noche?
Chale, neta algo tiene esa pinche noche y su olor a lluvia y a pasto mojado. ¿Será que subraya la soledad? ¿Será que uno se siente medio dueño de todo, así tan poco observado como se está? ¿O será nomás que me encanta la noche y que la disfruto más cuando estoy solo, manejando por una calle desierta, escuchando el radio sin locutores, o no, nomás sentado enfrente de la computadora, escribiendo de cómo me gusta escribir de noche?
Así, cerquita..
El coche en una noche de tráfico: una cápsula hermética y el radio tocando unas canciones de un compositor que desconozco pero que me hacen sentir más dentro de esa pastilla, viendo luces rojas, verdes, amarillas que se mueven, rítmicas a veces, siempre en tono con las siluetas de los árboles que se agitan con un leve viento, enmarcando las ventanas iluminadas de un edificio por allá atrás.
Esta vez la noche huele a lluvia y a calor de verano y los acordes me alejan del tráfico y mi pie pisa el freno en autómatico porque en realidad no importa nada, no estoy poniendo atención, no estoy viendo al de enfrente pasar de un lado al otro, no estoy pendiente del policía que me levanta la mano y hace un gesto como de tocar un silbato que no oigo, no estoy ahí porque sólo estoy conmigo y los acordes de esa tonada, de esa canción que me saca de la realidad que a veces vivo sin vivir y que se llama la ciudad de noche.
Y de repente el tráfico empieza a fluir, a avanzar más rápido y se descongestiona; la luz verde pasa por sobre mis ojos como un destello del deseo de llegar a casa después de un día pesado; y los acordes pasan a segundo plano porque voy, cada vez más rápido, acercándome a mi hogar, que tendrá las luces prendidas, esas luces de bienvenida que sólo tiene la casa de noche, la casa después del tráfico y del día pesado, la casa propia, la morada, que me recibe, además, con un dulcísimo olor a azaleas y a noche y a lluvia.
Sigo con la sensación de los acordes y de la noche y de la cápsula y de ese liberador momento de la luz verde y del olor de azaleas; y con eso me voy a dormir, después de un día pesado, después de una noche de tráfico, después de haber aceptado el abrazo paternal de las luces de mi hogar; me voy a dormir, en fin, después de haber sido infinitamente conmovido por un instante en el que estuve más cerca de mi mismo, encerrado en esa capsulita hermética que es mi propia cabeza.
Esta vez la noche huele a lluvia y a calor de verano y los acordes me alejan del tráfico y mi pie pisa el freno en autómatico porque en realidad no importa nada, no estoy poniendo atención, no estoy viendo al de enfrente pasar de un lado al otro, no estoy pendiente del policía que me levanta la mano y hace un gesto como de tocar un silbato que no oigo, no estoy ahí porque sólo estoy conmigo y los acordes de esa tonada, de esa canción que me saca de la realidad que a veces vivo sin vivir y que se llama la ciudad de noche.
Y de repente el tráfico empieza a fluir, a avanzar más rápido y se descongestiona; la luz verde pasa por sobre mis ojos como un destello del deseo de llegar a casa después de un día pesado; y los acordes pasan a segundo plano porque voy, cada vez más rápido, acercándome a mi hogar, que tendrá las luces prendidas, esas luces de bienvenida que sólo tiene la casa de noche, la casa después del tráfico y del día pesado, la casa propia, la morada, que me recibe, además, con un dulcísimo olor a azaleas y a noche y a lluvia.
Sigo con la sensación de los acordes y de la noche y de la cápsula y de ese liberador momento de la luz verde y del olor de azaleas; y con eso me voy a dormir, después de un día pesado, después de una noche de tráfico, después de haber aceptado el abrazo paternal de las luces de mi hogar; me voy a dormir, en fin, después de haber sido infinitamente conmovido por un instante en el que estuve más cerca de mi mismo, encerrado en esa capsulita hermética que es mi propia cabeza.
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