12.1.23

Por una crítica estética benjaminiana para los proyectos del Estado nacional

¿Por qué hacer una crítica estética benjaminiana, es decir, una pregunta abierta a partir de la producción técnica, para los proyectos del Estado nacional mexicano? Porque en lugar de considerar al paisaje como mudo y dado, dispuesto a ser habitado y natural al tiempo lineal y al espacio homogéneo y vacío que supone el progreso, una crítica estética al paisaje histórico a partir de una pregunta por la técnica lo muestra como resultado contingente de una serie de relaciones con el entorno que sirven para la gestión de la vida cotidiana en términos tanto políticos como simbólicos y materiales; es decir, como una serie de modos y políticas de control y gestión de los intercambios y procesos materiales, así como del control narrativo sobre sus transformaciones y consolidaciones simbólicas. En vez de pensar al devenir histórico como la acumulación de causas y condiciones necesarias para el arribo de la situación actual (presentada con todo lo bueno y malo que ésta traiga consigo pero siempre como un proyecto civilizatorio, unitario y mejorable), la postura de la pregunta por el espacio histórico del Estado nacional a partir de una estética de la técnica permite entender a sus espacialidades históricas como aquellas cuyos entramados territoriales y económicos son producto de relaciones que son tanto históricas, como materiales, como contingentes (es decir, heredadas y no, también inmediatas y no), y que configuran formas de habitación colectiva que buscan gestionar y naturalizar las condiciones de su acontecer cotidiano: de organizar las relaciones y las jerarquías laborales, así como el acomodo de su distribución espacial, de administrar la gestión del entorno de manera tanto simbólica como material, y de posicionarse con respecto a las formas del dominio y la subordinación que los flujos de poderes regionales y globales -redes de intercambio cultural, rutas de comercio, ejercicios bélicos y diplomáticos- ejercen sobre ellas.


Esta postura no pretende una lectura naturalista del Estado. Al contrario, la figura del Estado nacional se busca como articuladora conceptual, material y simbólica de los distintos y muy contingentes proyectos para la expansión de su propia presencia a través del territorio. Con esta lectura se puede considerar que el propósito del Estado mexicano (por lo menos en la era de sus (re)producciones técnicas, pero vale la pena extender la pregunta a otras epocalidades históricas, como sugiere la sección cartográfica del Archivo General de Indias) ha sido la extensión, hasta que le sea posible, de su propia capacidad activa. Otra vez, dado que el Estado no es natural al territorio sino que se manifiesta a través de él a partir de una serie de formas contingentes para la organización de la vida colectiva, éste puede ser visto como una serie de proyecciones o proyectos; es decir, como un conjunto de acciones de ordenamiento y coacción que implican procesos técnicos, fiscales, materiales y narrativos para la reconfiguración de la administración, a distintas escalas pero siempre de manera contingente, de la vida colectiva en el territorio. Lo que sigue de esta reflexión en torno al Estado en tanto técnica(s) de gobierno en los territorios es que sus redes, formas y proyectos tienen una manera de materializarse precisamente en ese mismo espacio colectivo que con sus acciones administran. Lejos de ser sujetas a una historia del arte historicista que busca colocarlas como ejemplos de un determinado estilo, manifestación catalogable de un momento más dentro de los muchos que componen al tiempo homogéneo y vacío, esta propuesta busca emplazar a los objetos en su territorio para interpretarlos como registros materiales que al mismo tiempo son presencias y ausencias simbólicas de sus tiempos históricos; (en)claves para la interpretación misma de su aparición en tanto objetos. Es por ello que es importante una pregunta estética, y no ya una historicista, por la presencia y el devenir histórico del Estado nacional en el territorio. Como dice Benjamin, “nada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse por perdido para la historia”.

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