8.3.17

Cartas del imperio

Una visita al Banco de Inglaterra

De las experiencias más inglesas que uno puede tener en la muy real e insigne capital inglesa, podemos contar, sin duda, con la de tener acceso al Banco de Inglaterra. La experiencia es irrepetible porque es como entrar en una cápsula de tiempo, como adentrarse en ese armario de abuela que siempre vimos en las películas de época y que aunque sabemos que nunca fue la nuestra, siempre la quisimos tener. Y es que, situado en el corazón de la City, centro financiero del que fuera a su vez el centro del mundo, el elegante palacio de mármol que sirve de albergue a esta innoble institución parece totalmente fuera de lugar.
Rodeado de los edificios-de-cristal más altos de Europa, este monumento a la institución imperial se desplanta solemne pero sólido entre las estrechas calles que lo rodean. Pero no se hace pequeño ante sus monumentales y muy gandallas vecinos, puesto que mientras éstos permiten un asomo a su interior, este gigante blanco de apellido extranjero no invita a la más mínima interacción con la ciudad que lo rodea. Sus muros parecerían impenetrables si no es porque un portal dórico, de una altura tan alta que hace que uno comprenda el peso de la libra, abre sus puertas imponentes, retadoras, hacia la calle.
Al traspasar este vestíbulo, lejos queda ya la vorágine del neoliberalismo y sus secuaces, todos trajeados-engominados-y-con-prisa; atrás queda cualquier vestigio de contemporaneidad, sea ésta representada por un teléfono móvil, un cajero automático, o una persona de cualquier otro color. No, aquí en el edificio que por fuera era blanco pero por dentro es oscuro como su pasado, lo primero que se respira es un aire apolillado pero fresco, inunda a la piel una sensación ajena por lo fría, y a uno lo recibe un hombre muy blanco y muy inglés con un sombrero bombín, un pantalón a rayas y, no miento, un chaleco morado.
(No crea el lector que el acceso a este monumental recinto es cosa fácil. Si su servidor entró es porque su tía, despistada pero siempre muy amable, le regaló un billete de unas nada despreciables veinte libras, que de tan viejas solo las aceptaban ahí. Mostrarlas fue mi pasaporte de entrada —y no una credencial, o pasaporte, que tendría mucho más sentido. With money dances the dog, as the old saying goes.)
El inglés del chaleco morado procedió a señalarme un pasillo por el cual, entre estatuas de nobles que desconozco, rebotaría el eco de mis pasos titubeantes, tímido como es uno ante tal opulencia. Al final de este corredor, una gran y pesada puerta de roble me permitió el paso a un cuarto de magníficas proporciones, coronado con las cúpulas más elegantes que haya yo visto jamás. Detrás de los mostradores de caoba oscura que alineaban el extremo sur de este salón, con vidrios de seguridad de marcos dorados y montones y montones de papeles a sus espaldas, una serie de empleados con el bigote perfectamente recortado y uniformados con un chaleco esta-vez-negro firmaban recibos para transacciones que, en vista de la concurrencia, solo fantasmas del pasado podrían solicitar, mientras yo, conmovido ante tal espectáculo, me aproximé a uno que amable me sonreía.
Su “good day sir” me recordó a Churchill y su eficiencia a la nefasta Thatcher y, cinco minutos después, habiendo contestado que prefería dos billetes de a diez, maravillado con lo que acababa de ocurrir y preguntándome sobre la veracidad de lo que acababa de presenciar, me despedí del portero de chaleco morado que, encantado, elevó su sombrero bombín.

Jolly nice, me dije sonriendo, al recibir mi primera bocanada del aire frío pero denso de la metrópoli contemporánea. Y entre los coches cromados y los cafés de oficinistas, entre los vidrios transparentes y los interiores ascéticos de los edificios de los alrededores, procedí a una piterísima tienda de souvenirs, atendida por un sonriente inmigrante paquistaní, a patearme mi lana en una pequeña pero costosísima Union Jack, con todo y su basecita dorada, pa que no se caiga nunca.

23.2.17

La Cuernavaca de los chilangos – un decálogo

(Publicado originalmente en la Revista Animal no. 23, disponible en esta liga)

I
Despertar y que el sol entre dorado por la ventana, que huela a tierra húmeda y suenen pájaros. Asomarse por la ventana y que todo alrededor sea verde y que la tormenta de la noche anterior sea ya un rumor que solo se adivina por las hojas tiradas en el pasto; que el desayuno esté preparado y que huela a café y a tortillas en el comal. Salir y que las baldosas de barro estén frescas al contacto con los pies descalzos y que ya haya alguien que espera sonriente en la mesa de herrería que está en la terraza, blanca e iluminada por el reflejo del sol que pega escorzado en la alberca. Sentarse a la mesa y saber, en ese instante en que te dejas abrazar por la mañana, que te queda todo el día por delante todos los días por delante, y que no tienes nada que hacer más que sentarte en esa silla de mimbre, o echarte en esa hamaca de hilo blanco que cuelga ahí, límpida, a la espera de que decidas usarla. Acá eres tú y el tiempo y un libro, ven, y el olor a cloro del frío-aro-de-agua-fría que se ajusta a tu cuerpo mientras te sumerges, lento, para quitarte el calor de medio día. Después será un gin tonic o una cerveza y un guacamole mientras tus pies sienten el pasto gordo y recién podado del jardín, pero ahora el tiempo es tuyo y en ningún lugar hay ciudad, gracias adiós, y la carretera es un mal necesario pero que por suerte existe afuera de este tiempo.
Desde dentro del agua ves al perro venir, moviendo la cola con gracia, y sabes que no importa más nada.

II
Pasé mucho tiempo en Cuernavaca pero no de niño y porque mi tía tuviera casa sino porque sobre eso hice mi tesis, a la cual por solemne le puse un título largo y aburrido pero que en realidad debió llamarse Paraíso Perdido. A cualquier persona que le contaba que hacía mi tesis sobre esa ciudad o me preguntaba que qué hacía ahí o me decía qué rico, imaginando quién sabe qué. Pero ese tiempo no lo pasé en los jardines ni en las piscinas sino en la ciudad real, esa de camiones que se llaman rutas y pavimentos que cuecen las suelas de los zapatos; en esa Cuernavaca citadina y subdesarrollada a la que nadie le hace caso porque en materia urbana lo importante es resolver los carriles de bicicleta en la Condesa.
La tesis era divertida porque la idea surgió a partir de dos preguntas que le hice a algunos guayabos como parte de un experimento más grande, que por supuesto falló, pero que me dejó las cosas más claras. La primera pregunta era que me dijeran la primera palabra que les venía a la mente cuando pensaban en Cuernavaca, y la segunda era que me dijeran, igual en una palabra y sin pensarlo mucho, cómo describirían el estado físico de la ciudad. A la primera, sin sorpresa alguna, todos contestaban variaciones de paraíso, jardín o primavera. Para la segunda las respuestas fueron menos entusiastas. El consenso se estableció entre tráfico, basura y caos.
Vaya imagen de paraíso bucólico echado a perder.

III
Para llegar a Cuernavaca desde la Ciudad de México es necesario bajar por la ladera sur de la sierra del Ajusco Chichinautzin, en una autopista que serpentea delicadamente por las faldas de los cerros que caen hacia el valle de Morelos, unos mil quinientos metros más abajo. Durante el descenso es posible observar el paisaje que se extiende hacia el sur como una sábana tirada al sol: de un lado se asoma Tepoztlán bajo la presencia ominosa del Tepozteco, por otro los cerros que corren hacia Guerrero y que se parten en algún punto para dar lugar al telenovelesco Cañón de Lobos, y finalmente, hacia el poniente, Cuernavaca misma, que a la distancia se antoja plácida y bañada de luz, como si ella misma ya estuviera echada en una tumbona.
El horizonte lo va tapando cada tanto la vegetación, que a la salida de la Ciudad de México se conforma de pinos, oyameles y matorrales pero que poco a poco va cediendo ante los tabachines, jacarandas y bugambilias que caracterizan a la taxonomía de su contraparte morelense, y que se benefician del clima, mucho más cálido que el del valle del Anáhuac, para vestir con sus brillantes colores de mala acuarela a las calles y jardines de esta ciudad. Así, después de este preludio casi fantástico y fincada entre barrancas, un clima paradisíaco y flores de ornato, Cuernavaca y sus alrededores son ese Gran Otro del chilango promedio, ese paraíso perdido que tuvimos que abandonar en algún tiempo mitológico para ceder ante las presiones de la vida metropolitana, que por suerte nos regala los fines de semana para regresar como peregrinos, como ciegas criaturas primigenias y sin rumbo, a la madriguera tropical que es su sol y su pasto y su eterno olor a cloro y barro húmedo.

IV
Pero la Cuernavaca que se extiende afuera de los jardines es un laberinto en el que uno sube y baja y da vueltas y parece volver al mismo pinche lugar cada vez que se tiene la desdicha de pasar más de diez minutos en el coche. Llegar al centro, que ha quedado en el extremo poniente de la ciudad, es un viaje anárquico que hasta los mismos guayabos evitan. En cambio, los lugareños prefieren ir a los malls con aire acondicionado que se extienden a lo largo de la Autopista del Sol, que lejos de ser el libramiento que haría más eficiente el tránsito entre la Ciudad de México y Acapulco, se ha convertido en el eje principal de la capital morelense.
Hoy la ciudad tiene más de 800 mil habitantes y pocos parques públicos. Tiene, en cambio, cinco municipios, un parque industrial (CIVAC), hoteles muy fresas y un alto índice de secuestros. También es sede de CAPUFE (Caminos y Puentes Federales), con lo cual el gobierno federal pretende demostrar el descomunal esfuerzo que ha emprendido por descentralizarse. En cuanto a instalaciones culturales cuenta con las tres películas del cine Morelos, el espléndido Jardín Borda, el maravilloso Jardín Botánico de Acapantzingo (donde hubiera vivido la emperatriz Carlota si Juárez no hubiera fusilado a Maximiliano) y, recientemente inaugurada, la Tallera de Siqueiros, entre algunas otras.
Acá no se invierte en literatura, me decía para mi tesis un escritor bonachón que, aferrado bohemio, usaba boina negra y foulard en los módicos 27º celsius de una mañana de febrero cualquiera. Acá nadie es Octavio Paz, decía sin ironía. Me lo contaba, sudando, en el café Alondra, uno de los pocos establecimientos que han pretendido devolverle a Cuernavaca un poco de la vie bohème de antaño, esa que ya nadie sabe si de veras existió en algún momento pero que todos dicen que sí y que hay que recuperarla. Make Cuerna picturesque again. Sentados frente a la siempre espectacular catedral, la plática me dejó claro que la provincia existe porque existe el centro: la Ciudad de México es un monstruo que consume todo y que no deja nada más para nadie.

V
Quizás a sabiendas de esto, en Cuernavaca se invierte en infraestructura pública cultural. Se construyen el auditorio estatal Teopanzolco, el centro comunitario Los Chocolates y el museo Juan Soriano; y se rehabilita el antiguo delfinario del paradisiaco parque Chapultepec para convertirlo en un centro cultural con galería de arte y sala de cine. Se pretende con esto fomentar la vida pública, ofrecer a la nueva generación de la intelligentsia arquitectónica nacional un escaparate para dotar de monumentos públicos a la ciudad, y, con suerte, a invitar a los chilangos tras-de-muros a salir a convivir con los cuernavacences en un festival de intercambios fructíferos y sin rencores.
            El auditorio Teopanzolco es proyecto de Productora e Isaac Broid, y pretende ofrecer un espacio para conciertos, danza y teatro (tradicional y experimental) enfrente de las pirámides del mismo nombre. (Si se logra transgredir las barreras de la burocracia, éstas estarán abiertas al público por el mismo precio del boleto.) Las formas triangulares de sus volúmenes, junto con los materiales y los usos propuestos, hacen de este proyecto una fina mezcla entre los noruegos Snøhetta y las técnicas constructivas y formas tradicionales. Los gruesos muros de concreto le hacen un guiño a lo mejor de Teodoro González de León pero sin caer en halagos, y su azotea transitable y amplio vestíbulo relacionan visualmente al auditorio con las pirámides —un gran acierto.
            Por su parte, el museo Juan Soriano es obra de Javier Sánchez, que por primera vez hace un recinto de este tipo. Albergará el archivo y la colección del artista tapatío, organizará exposiciones de arte contemporáneo y abrirá un jardín escultórico público al tradicional barrio de Amanalco. Su morfología, una serie de cubos blancos deconstruidos que flotan por encima de una plataforma que hace las veces de vestíbulo, es, aunque muy buena, una iteración más de los museos proyectados en los últimos años en Iberoamérica —pienso en el barcelonés MACBA de Richard Meier, el Jumex de David Chipperfield o en el MALBA, en Buenos Aires, de los argentinos Gastón Atelman, Martín Fourcade y Alfredo Tapia. Seguramente será un museo al que habrá que seguirle la pista.
            De menor trascendencia pero igual importancia, en el popular barrio de la Carolina se llevan a cabo las obras de los Chocolates, un centro comunitario que entre muchas otras cosas ofrecerá talleres de artes y oficios a los habitantes de los alrededores.
Finalmente, la apertura de la galería Barranca en el parque Chapultepec se da luego de una sencilla intervención arquitectónica que recuperó el antiguo delfinario del parque —una versión muy disminuida y ochentera del Sea World de San Diego—, y que luego de limpiarlo ha generado amplios espacios de exposición en lo que fueran los tanques y refrigeradores de los delfines. Esto, junto con la limpieza de las aguas del parque, seguramente harán de este sitio un lugar muy digno para visitarse.

VI
El domingo, por ejemplo, y el recuerdo de infancia de una comida en Cuerna. Un solazo. Para llegar necesitaron un mapa dibujado a mano que tus padres revisaron quince veces mientras se peleaban con las intermitentes puestas, a un costado de la carretera, en la que entre moscas y bajo un toldo rosa fosforescente vendían tacos de cecina. Tú todo lo ves desde el asiento trasero, queriendo quitarte el cinturón pero sabiendo que tu madre puede darse cuenta y entonces te regañará. Nomás de pensarlo te pone incómodo.
Ya en la comida y después de saludar a todos entre nervioso y emocionado —consciente, además, de que la ropa que traes puesta no te sienta bien,— te ponen en la mesa de los niños, en donde hay una chica que te sonríe. Eres tan niño que no sabes bien qué significa, aunque igual sientes algo en la panza que se extiende como ola hasta llegar a los dedos y que te obliga a perseguirla hasta alcanzarla cuando se arman la trais. Una vez que la atrapas, claro, ninguno de los dos sabe bien qué hacer, y para aliviar la tensión ambos ríen de desconcierto.
Del otro lado están tus padres y sus amigos tomando cerveza y cagándose de risa de cosas que uno no entiende. No te hacen caso pero hay chicharrón y salsas en vasitos de plástico que pican más de lo que aguantas, y comes poco y dejas medio taco de nopal asado en un plato de plástico en la mesa. Juegas después a las escondidillas o a al un dos tres calabaza y quizás te metes a la piscina, en donde hay una pelota de plástico, mientras que el más chico de todos llora porque se le subió una hormiga de esas rojas y cabronas que muerden con mandíbulas viciosas. Te diviertes y te cansas pero sabes que nomás caiga la noche te subirás al coche, insolado y después de comentarios incómodos, y tendrás que aguantar una hora y media de carretera oscura, pensando que mañana vuelves a la escuela.
No volverás a ver a esos otros niños nunca más y eso también lo sabes, y aunque quisieras quedarte con ellos te subes cabizbajo y resignado al coche, que echa de reversa por una cochera de grava. En realidad la escuela no te molesta tanto, pero te horroriza la idea de regresar al lunes de honores a la bandera y tomar clases y saludar a todos y saber que estarás con la cabeza todavía en la comida, pensando en ese perro de pelo corto y los codos pelados a la orilla de la carretera. Todo esto te inunda de una melancolía que aún eres muy joven para entender, pero también entiendes perfectamente que tienes que olvidarte pronto porque ya será lunes y el domingo habrá quedado atrás y también que a nadie le interesa tu fin de semana.
En la carretera, como ya todo está oscuro, lo único que ves por la ventana son las siluetas de los árboles y los fantasmitas que iluminan los faros del coche. Tu hermana duerme y tus padres están en silencio. Te acuerdas de la niña de las trais y suspiras. El vaho se queda por poco tiempo en la ventana.

VII
Ya desde que hacía mi tesis y me presionaban con hacer un proyecto arquitectónico que al final no hice, pensaba yo que a Cuernavaca no le vendrían mal algunos edificios públicos grandes, que le dieran cierta presencia en la zona y, sobre todo, que ayudaran a orientar a los visitantes. Quizás con estas obras lo consigan, y puedan armar algunas exposiciones o conciertos que saquen a la gente de Galerías Cuernavaca para hacer una vida más de calle, más urbana y con mejor espacio público.
            No sé qué futuro les depare a estas obras, pero yo espero que uno prometedor. Me imagino que se llenarán de guayabos emperifollados y tropicales y chilangos en flip flops y bermudas, pero por lo menos harán que de Cuerna se digan otras cosas. ¿Viste que tocó Alondra de la Parra en el Teopanzolco?, se escuchará en las casas más finas de las Lomas, y habrá que sentirse orgullosos.

VIII
Con un tacuchín deshilachado me recibe el viejo gerente del Marco Polo, un restorán de comida italiana que pasó de ser muy tradicional al abandono de servir un pomodoro que, sospecho, está hecho con salsa de tomates La Costeña. Iba ahí de niño con mis padres pero hace años que no voy, y vuelvo a descubrir que no hay nadie. Nosotros nos dedicamos al turismo de paso, me dice Don Eustaquio, el gerente, volteando hacia la catedral con una mirada que deja entrever cierta nostalgia. Debería, pero después de mis pinchísimos ravioles no me llega a provocar tanta lástima. Antes la gente se quedaba más, continua, pero ahora bajan en camionetas en camino a Acapulco o a Taxco y acá solo se quedan un rato.
Desde mi mesa en la terraza observo el panorama. Es un día azul brillante y la catedral se ve fenomenal. Al fondo de la calle Hidalgo, el Palacio de Cortés se levanta con su sobria y elegante presencia. Entonces llega una Eurovan blanca de la que bajan unos 8 gringos (esto lo supongo porque usan bermudas beige, sombreros de paja y tenis insoportablemente blancos), y entran a la catedral. Don Eustaquio los mira quieto, sin suspiro.
            Resulta que el promedio del tiempo de estancia en hoteles de Cuernavaca es bajísimo (1.3 noches contra las 5 de Acapulco), y que su porcentaje de ocupación (camas ocupadas cada noche) es mucho menor al nacional. Y no es que Cuerna no sea atractiva. Las autoridades suponen que un fin de semana cualquiera llegan alrededor de 1.2 millones de chilangos a sus casas de fin de semana. El problema es justamente ese: los chilangos no van a la ciudad, van a encerrarse. El resto, como los gringos de la Eurovan, pasan a ver dos o tres cosas y luego se van a sitios más pintorescos, como Tepoztlán o Taxco. Lo cierto es que hoy Cuernavaca es una ciudad que entre semana se siente fantasma y los fines de semana reboza de gente.
¿Qué pensará Don Eustaquio de las nuevas obras? ¿Volverán al Marco Polo los tomates frescos de antaño gracias a ellas, o estará destinado a la ignominia de los productos industriales baratos y el turismo de paso? A saber.

IX
Todo guayabo sabe que a un chilango se le reconoce porque es el único que va en traje de baño al super. Todo chilango sabe que los guayabos son chilangos emigrados.

X
Soñé con un festival. Entre los muros que parecían de tierra y bajo una luna llena como perla, una serie de bandas escolares de Tetela del Volcán amenizaban una fiesta donde convivían todos: gente de todas clases sociales, chilangos bien vestidos, revolucionarios con fusil, chinelos y gringos sin huaraches. Todos bailaban al son de la música de las bandas mientras, detrás de la fogata que cubría la escena entera de una luz cobriza, veía desfilar a todos los personajes que alguna vez pasaron por Cuernavaca. Pasaban Malcom Lowry y Erich Fromm, Ivan Illich y Paulo Freire, y Zapata bailaba danzón con el sah de Irán, que estaba vivo y radiante y sin fatua. Rodolfo Stavenhagen observaba todo, riéndose del espectáculo con esos ojos de bueno que siempre tuvo.
            Me alejaba y me daba cuenta que en la ciudad ya no había muros sino puros jardines con fuentes y bugambilias y olor a azahar y jazmín, y las jacarandas eran moradas y los tabachines rojos. No hacía falta bajar a las cañadas porque podía uno brincar y llegar al fondo y volver a salir con una gracia circense mientras que las pirámides de Teopanzolco, iluminadas a lo lejos por la fogata, se burlaban del palacio de Cortés, que quedaba en ruinas detrás de esta noche que era magnífica. Y de lejos llegaba el rumor de que la antigua Tenochtitlán había caído, pero no era un reino extranjero el que la había derrotado sino su propio crecimiento voraz y descontrolado, y sonaban risas porque sabíamos que lo que quedaba delante de todos nosotros era un futuro promisorio y soberano.

            Al final de mis andanzas llegaba a un jardín, el más hermoso de todos, y en el fondo veía a Maximiliano y a Carlota, jóvenes, enamorados entre ellos y también del país que tenían enfrente, y mirándose a los ojos se tomaban de las manos y se daban un suave beso que culminaba en un silencio total. Y bajo la luz de la luna que iluminaba todo con la suave luz de la seda, oía a Carlota decir: no nos equivocamos, mi vida, esto es realmente el paraíso.

13.1.17

Yo me dejaría caer


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Siendo honesto yo me dejaría caer hacia atrás, primero relajando el cuerpo y luego dejando que mis rodillas cedieran ante la densa gravedad, enclenques y sin voluntad propia, para después sentir cómo mi culo sería jalado por un hilo negro que tiraría fuerte del perineo, llevándolo súbitamente hacia abajo. Después seguiría mi columna, que intentando mantenerse digna se curvaría por el intento de sostener la cabeza recta —esa cabeza que lleva ya mucho rato rendida (tal vez es lo primero que cae)— y que descendería acompañada de dos brazos frágiles que para este punto no serían ya mas que dos harapos lanzados hacia arriba. Las manos, extendidas, serían lo último que se rendiría ante el vacío, dejándose ir con todo el resto de mi derrotado cuerpo hacia ese negro hoyo negro que hay detrás de mí, en lo que antes llamé suelo, y que ahora me recibe sin prejuicio alguno, muy amable, dispuesto a hacerme uno con todos los que han hecho antes lo mismo.

Hoy, parado en este cuarto oscuro en esta noche negra y sin más futuro que mi propia mente, yo abandonaría mi cuerpo a su suerte, costal de huesos, y me dejaría caer, hacia atrás, para conocer el precipicio hasta llegar al fondo, en mi último acto de amor propio.

31.12.16

Fin de año

Harto ya de tres noches en vela, retozando entre sábanas demasiado suaves como para ser cómodas, a la cuarta noche decidí tomar una pastilla para dormir. Se la pedí a mi madre, que las ha tomado por tanto tiempo que ya no sabe dormir sin ellas. Tomé esta decisión a pesar de saber, porque el puto dolor no me hubiera dejado olvidarme, que tenía una colitis nerviosa y estaba que me llevaba la verga. Grave error. La colitis era producto de muchas cosas que se me juntaron como un tsunami: había vuelto de una estancia maravillosa en Londres; había terminado mi relación más estable y seria; y en casa había un niño, hijo de mi hermana, que recién separada de un católico taurino —de esos de panza, bota y pañuelito-rojo-al-cuello los domingos— había vuelto a casa de mis padres despavorida y con un chilpayate. El niño, o pinche-pingüinito, era monísimo pero el mismísimo diablo. Remilgoso, churretoso, lleno siempre de babas por todos lados, causaba la misma cantidad de angustia que de felicidad. Esta contradicción irresoluble generaba en la casa una tensión que descendía como una niebla gris y espesa que sólo cedía cuando el padre, emperifollado y listo para tomar su apartado de sombra en la Plaza México, pasaba por él los domingos, siempre tarde, apestando a una loción que nadie más que él encontraba placentera.
            Yo mismo estaba desconsolado. No tenía chamba, estaba por cumplir 28 y mis perspectivas de vida eran angostas como banqueta de barrio. Mi novia y yo habíamos terminado de forma violenta y tajante, desesperados, quizás, por comprobar que lo que pensábamos que seríamos como pareja se desmoronaba en la realidad como adobe seco: nada más peligroso que el desengaño. Yo aún la recordaba y sabía, por chismear lo poco que podía, que se había cortado el pelo, que era una melenaza negra que portaba orgullosa y que me hizo saber —el corte, no la melena— que estaba decidida a seguir adelante. Para acabarla de chingar, estábamos en un rancho a las afueras de Zitácuaro, adónde habíamos ido para ver a las mariposas monarcas —un peregrinaje de dos nauseabundas horas, cerro arriba y en un caballo ñango que resoplaba del cansancio y que yo temí podría morir en cualquier momento, despeñándonos a mí y a Israel, el caballerango. El idílico paisaje del rancho-hotel, un bellísimo jardín plantado con oyameles, pinos, liquidámbares y orquídeas rebosantes, se veía interrumpido a cada rato por el ruido de los escapes de los camiones de volteo, que frenaban con motor en la bajada al lado del terreno, inundando el jardín de ronquidos de ogro y humos negros.
            Por mi parte, no sé bien en qué momento quebré, si cuando recibí por correo la noticia de que no había conseguido una chamba que no me interesaba pero me pagaría bien; cuando el pinche-pingüinito se emperró en berrear durante la cena entera, con comensales a diestra y siniestra volteando hacia nuestra mesa como si lo estuviéramos torturando (en ese momento vi a mi hermana desesperada, con media trucha enfriándose en el plato y un niño que rojo rojo se retorcía en su periquera como gusano); o quizás también fue el insomnio de días y la sensación de desolación de encontrarme a los casi 28, con una calvicie avanzada y una panza en cuarto creciente, sentado a la mesa de un hotel disque rústico y más soltero que vendedor de lotería, en una de esas noches sin tiempo entre Navidad y Año Nuevo.
            Lo que sí sé es que el dolor empezó como una leve náusea. Imaginaba una pelota roja tamaño beisbol en mi panza, que se resistía a salir. A mí vomitar siempre me ha parecido una hazaña innecesaria y dolorosa, así que me esperé y por supuesto no dormí nada, sumándole una más a las dos noches anteriores que no había dormido por la pura angustia. Al día siguiente, para no errarle, desayuné casi pura piña, y ya estaba tan mal que cada vez que eructaba me inundaba la boca un leve sabor a tepache. Mi hermana me invitó un masaje que no disfruté porque temía descocerme si me relajaba demasiado, condición necesaria para disfrutar un pinche masaje. Pero estaba agotado y el dolor iba aumentando de a poco, y aunque comí muy sano —taquitos de arroz en un lugar de carnitas— en ningún momento cedió. Para la cena ya era insoportable: una mezcla de gas añejo (¿o era reposado? No sé, pero de color ocre) anidaba en mi intestino a la espera de una operación de fracking que en ese momento suponía, sin equívoco, que me costaría la dignidad entera. Intentando no perder la cabeza, pedí al mesero unas uvitas y un par de manzanas que me hicieron sentir un poco mejor. Pero luego de un rato el dolor embistió otra vez, iracundo y con fuerza, como queriendo reforzar su autoridad, y decidí retirarme a mis aposentos con el Stillnox —la pastilla para dormir— que me había dado mi madre.
Todavía me tomé un tecito de manzanilla y leí un poco, en posición fetal, mientras todo tipo de gases salían expelidos con fuerza de cuanto orificio pudrieran. Agotado, adolorido y consciente de que podría pasar lo peor, ingerí la pastilla como quien cree encontrar la llave de su redención, y, aliviado de por fin encontrar reposo, fui poco a poco sintiendo la mandíbula más relajada, y los pies descontrayéndose, y la panza relajándose (no sin cierto estruendo), hasta que la telaraña del sueño me envolvió con sus hilos de seda en un abrazo fraterno de drogado idilio. Y por fin dormí a pierna suelta como querubín.

A la mañana siguiente desperté con un sobresalto. Descansado y sin mareo, vi cómo la luz dorada del amanecer tropical jugaba al teatro de sombras en las gruesas cortinas blancas de la habitación. El único vestigio de la noche anterior era mi ropa tirada a mansalva alrededor del suelo de barro, y por lo mismo noté con sorpresa y alivio que el grueso del dolor había dado paso a una calma extraña, inquieta pero tímidamente presente. Con somnolencia alcancé mi teléfono de la mesita de noche.
Un pinche mensajito con un pinche meme.
Ocho y media.
Mi familia estaría ya bañada y peinada, y el pinche-pingüinito estaría ya sentadito en su carreola, babeando y echando desmadre.
En todo he sido siempre el último.
Me levanté, me rasqué la nalga y me dirigí al baño, en donde hice un pis amarillento y espeso, de medicina. Me sabía afortunado y descansado —el alivio me recubría como una miel espesa— y volví hacia mi maleta para agarrar unos calzones limpios y una playera. Decidido a que, aprovechando la cercanía con el comienzo del año, arrancaría a partir de ese día una nueva etapa en mi vida —una más madura y con proyectos estables— e intentando además rescatar cierto orgullo de haber podido mantener los ojos cerrados por más de tres horas seguidas, descubrí las sábanas para echarme un clavado hacia la cama y echar la güeva unos quince minutitos más. Total.
            Fue entonces que descubrí con sorpresa las manchitas. En ningún momento dudé de su procedencia: mis peores miedos estaban confirmados. Mi dolor había desaparecido, sí, pero en el camino había tomado consistencia y cobrado factura y a mi cansado cuerpo, drogado y en bello sueño, le había parecido imposible resistirse. Me quité los calzones desanimado y así, como si nada, los tiré a la basura. Y entonces entré a la regadera para dejar que el agua hirviendo me cubriera de pies a cabeza.

Dicen que de los nueve meses que viven las mariposas monarcas, pasan sólo dos como huevo. Si pudiera, yo les diría que yo ya llevo casi 28 años, y que francamente no hay ninguna prisa.