6.5.14

Memoria y Tolerancia

Para entrar al Museo de la Memoria y Tolerancia, proyecto de Arditti+RDT Arquitectos inaugurado en 2010, el gran umbral de acceso es un aparato detector de metales (¿tolerancia?). Después de recoger llaves, celular y cigarros bajo la mirada imponente de un guardia de seguridad, lo primero que llama la atención es el atrio de quíntuple altura—limpio, blanco, iluminado por luz cenital,— y la gran caja blanca que cuelga en el centro. Se antoja, la verdad, caminarlo todo. Pero eso no es posible: pronto te das cuenta que un ejército de chavos-con-gafete-y-lentecitos están listos para indicarte todo tu recorrido. (A mí hasta me sorprendió que no me pidieran mi nombre, si leche entera o deslactosada, y me dijeran que pasara al final de la barra.)
            De ahí uno sube por elevador a un quinto piso, por encima de la caja blanca, en donde un letrero dice cínicamente “plataforma panorámica”. Y digo cínicamente porque en el momento en que se abren las puertas del elevador, un miembro del estaf, con gafete y todo, te indica, tan tajantemente que no lo cuestionas, que pases directo a la sala posterior, en donde se te mostrará un video, muy didáctico, eso sí, en donde el tema de los genocidios se trata como documental de leones de NatGeo.
            No quiero ahondar en los detalles de la exposición, efectista a más no poder (¿de veras se necesita exagerar más el Holocausto?, ¿no ya es suficientemente dramático en sí mismo?). Lo que sí es que, después de pasar por tanto espacio lúgubre y laberíntico, llegar a la caja-blanca-que-cuelga se agradece. Una vez dentro, una pieza de Jan Hendrix, llamada elocuentemente “Memorial de los niños”, invita a cualquier usuario de smartphone a abrir Instagram y ponerse creativo. Pero la experiencia de la pieza no se queda ahí: al tiempo suena una música New Age para poner el ambiente más adecuado porque, al parecer, la pieza en sí no es suficientemente dramática. Ay, mis hijos.
            Después viene la parte de otros genocidios, porque sería demasiado solo hablar del Holocausto. El genocidio en Ruanda se observa al ritmo de una exótica música de tambores, el de Guatemala con flautitas andinas y, al final, hay unas fotos de niños indígenas muy monos vestidos con ropitas típicas muy bonitas y un letrero que dice ¿y tú qué haces? o algo así. Lugar común tras lugar común tras lugar común. Salgo de ahí y en vez de tomar el elevador pregunto a los policías si puedo bajar por las escaleras, a lo que se me quedan viendo con cara de no-deberíamos-dejarlo-pero-no-nos-han-dicho-nada-entonces-adelante-joven.
            De regreso al atrio, me entero que la salida es a través de (drum roll) la tienda, con un mensaje que dice que el museo se sostiene gracias a las aportaciones de los visitantes. Chantaje tras chantaje tras chantaje. Las puertas automáticas se abren pero uno no sale directo a la calle, antes se tiene que pasar por un torniquete de cuerpo completo, como si estuviera uno entrando al Azteca. Claro, se me olvida, no vaya a ser que alguien indeseable de la calle se cuele por nuestra tienda. Ah, qué linda la tolerancia.
            Hace poco, Alexandra Lange (We need more museums that let us relax into knowledge, publicado en Dezeen) homenajeaba al Museo de Antropología de Ramírez Vázquez porque, a su parecer, da chance a que el visitante lo recorra a placer. El gran atrio conecta todas las salas, pero no hay un recorrido fijo. Y es que, por más que un museo ofrezca siempre un punto de vista sobre lo que expone, el Museo de Antropología, según Lange, permite eso que el de la Memoria y Tolerancia no: que el que lo recorre arme su propia narrativa. Al contrario, el discurso del Museo de la Memoria y la Tolerancia niega precisamente eso que pretende exhibir: no admite una opinión ajena, pues es un monólogo ready made que uno se tiene que tragar enterito, como el Chai Latte de Starbucks.
            Saliendo llegué al Hemiciclo a Juárez, que nunca me había parecido tan democrático, y volteando alrededor agradecí estar rodeado de oficinistas, punks, darks, hippies, fresas y gente común y corriente, caminando por ahí y haciendo sus cosas. Y es que se aprende mucho más de tolerancia en la Alameda Central que en este museo, monotemático y chantajista.

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