5.7.15

Soy amigo de un pacheco

Capítulo 1 · Las Islas
Cruzábamos Regino* y yo por las Islas de Ciudad Universitaria rumbo a la Facultad de Filosofía y Letras. El sol de mediodía pegaba inclemente sobre nuestras cabezas mientras veíamos como todo mundo estaba tirado en el suelo, o jugando fútbol, o haciendo fila para la tirolesa —por la hora ya muchos habrían acabado clases. Pero nosotros teníamos otra misión: íbamos a filos tal vez porque teníamos hambre o por querer ver a las señoritas que ahí estudiaban. Regino, que nunca ha sido un tipo fácil de interpretar, de repente me toma el brazo y me dice —Aguántame tantito, bandita. Me deja parado a la mitad del pasto en lo que se encamina a uno de los grupos de árboles que pueblan esta explanada. Entonces veo cómo se acerca al único personaje que habita esa sombra: un tipo no muy alto con gorra, lentes oscuros y una mochila que lleva por delante, que está parado entre los troncos rectos de los liquidámbares, debajo de un follaje que no lo cubre para nada. Noto entonces que Regino se acerca, intercambian algunas palabras, Regino mete una mano en el bolsillo trasero de su pantalón y saca su cartera mientras el otro abre el compartimento frontal de su mochila del que extrae una bolsita, misma que extiende a Regino mientras éste le alcanza algún billete cuya denominación no alcanzo a distinguir, Regino entonces toma la bolsita y la introduce dentro de la cartera, que vuelve a poner en su lugar. Todo el tiempo que dura el intercambio, ambos voltean a su alrededor nerviosos, conscientes, quizá demás, de toda la gente que ellos suponen los mira con atención. (Creo que soy el único que los está viendo).
            La transacción termina, ambos se dan la mano inconspicuamente mientras se dan la espalda, como en una coreografía que ambos han practicado muchas veces, el tipo para seguir a la espera de algún otro cliente, Regino para volver conmigo, que todo este tiempo he estado esperando inmóvil a que regrese.
            Camina los treinta metros que nos separan viéndome a los ojos. No sé descifrar su mirada: no entiendo si está nervioso o siente que ya la armó, pero por fin podemos retomar nuestro camino. Se me acerca, y ya al lado de mí me dice —¿cómo viste, mi Juaco, muy normal?

Capítulo 2 · Narvarte
Este céntrico barrio residencial, de calles anchas y avenidas arboladas, ha sido testigo de las aventuras de Regino desde que era niño. Como era costumbre cuando lo iba a visitar, ese día salimos a caminar por los alrededores. Era sábado de tianguis, un poco después de la hora de la comida, y las avenidas principales estaban llenas de gente que salía de comer o andaba de paseo. Familias, niños y gente con perros realizaban sus actividades sabatinas sin preocupaciones aparentes mientras una suave luz dorada bañaba las fachadas de los edificios colindantes. Regino y yo no teníamos un rumbo particular —o tal vez sí, no me acuerdo, — pero caminábamos por una de las calles que desembocan en Avenida Universidad, quizás Palenque, o Mitla. Entonces, llegando a la mera esquina, Regino de repente me toma el brazo y me dice —Aguántame tantito, bandita.
            Veo entonces cómo se acerca a un teléfono público, de esos cuyas paredes de aluminio te tapan la cara. De la bolsa trasera de su pantalón saca una bolsita, mientras que de su chamarra saca un tubito metálico y un encendedor. Asoma la cabeza por detrás de la mampara para cerciorarse, en esa atiborrada avenida, que nadie lo está viendo. Vuelve a meter la cabeza a la cabina y mueve los brazos de forma aparentemente aleatoria. Pasa una señora que se nos queda viendo —yo estoy a unos pasos, manos en los bolsillos, intentando verme lo más business as usual que puedo. Le mantengo la mirada a la señora, desafiante, queriendo decirle que no se meta. Regino no se da cuenta de esto, concentrado como está en su tarea. De repente, después de una última revisión de los alrededores, Regino lleva el tubo a su boca —esto sólo lo supongo por cómo mueve los brazos, — y empieza a salir humo por detrás de sus orejas, porque eso pasa cuando uno habla por teléfono en la calle. Un hombre con un niño que le toma la mano pasa por atrás de Regino y lo observa con curiosidad: el niño y yo nos quedamos viendo. No pasa nada, no te preocupes. Se repite la escena: aún más humo y un ataque de tos. Es que no le contestaron, doña, de veras.
            Regino controla entonces su desvarío, guarda sus instrumentos en su chamarra y se vuelve hacia mí. Sus ojos perdieron tamaño y están todos rojos. Apesta. Se me acerca, y ya al lado de mí me dice —¿cómo viste, mi Juaco, alguien se dio cuenta?


*El nombre ha sido modificado por razones de seguridad.

No hay comentarios: